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Esta prostituta cree que la sociedad no debe juzgar a nadie. En mi opinión, no tienen autoridad para juzgarlo, no es posible ponerse en la piel de la trabajadora sexual porque pocas viven nuestra realidad. En Titania Compañía Editorial, S.

Agradecemos de antemano a todos nuestros lectores su esfuerzo y su aportación. Alma, Corazón, Vida Viajes. López Contacta al autor. Tags Sexualidad Prostitución Sexo Vida sexual. Tiempo de lectura 5 min. Aunque no es legal, miles de españoles siguen recurriendo a los servicios de las profesionales. Así es la vida diaria de una prostituta que es madre de familia Una trabajadora sexual describe cómo es la forma de vida que ha elegido y con la que mantiene a sus dos hijos pequeños, así como su rutina diaria en un burdel.

Por Gonzalo de Diego Ramos 1. La prostituta que quería despenalización y por qué cambió de opinión al lograrlo Por Héctor G. Las prostitutas explican qué diferencia a los clientes varones de los femeninos Por Miguel Sola 0. Respondiendo al comentario 1. Recuerda las normas de la comunidad. Por Fecha Mejor Valorados. No admitimos insultos, amenazas, menosprecios ni, en general, comportamientos que tiendan a menoscabar la dignidad de las personas, ya sean otros usuarios, periodistas de los distintos medios y canales de comunicación de la entidad editora o protagonistas de los contenidos.

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Usted ya no vale nada, le dijo una mujer que entró a llevarle comida al cuarto donde la habían encerrado. Miró a la mujer sin entender y ella le repitió la frase y, de pronto, entendió que algo muy malo le había ocurrido y se puso a llorar. La mujer se compadeció, le rogó que probara la comida, le acarició el cabello e intentó consolarla. Terminó por contarle que estaba en Buenaventura, le dijo quién la había llevado hasta allí, le dio consejos y hasta le ofreció protección. Ella se serenó y cuando la mujer lo notó, volvió a cumplir con el deber y le explicó cómo eran las rutinas de aquel lugar y le dejó claro que a partir de ese día debía hacer con marineros venidos de todas partes del mundo lo mismo que ya había hecho con el gringo.

No pudo ni discutir. La tenían encerrada, la vendían como un objeto precioso y se aprovechaban de su condición para no darle ni un centavo del dinero que ganaban gracias a ella. Angelito, le decían con sorna las otras prostitutas, mientras ella intentaba armarse en la cabeza un mapa de la realidad en la que había caído.

Solo consiguió hacerlo cuando conoció a Miguel, un empleado de Avianca algo gordo y torpe pero de buen corazón que se enamoró de ella. Pero era casi imposible escapar, Ramón, el yerno de doña Cristina y dueño del burdel, y Ulises, el gay que hacía las veces de administrador, no dejaban de vigilarla ni siquiera cuando estaba dormida.

Con las pocas monedas que le daba Miguel compró un pasaje de bus. Salió de allí y, a pesar de los rodeos que dio para evitarlo, terminó por tropezar con Ramón. El hombre la arrinconó contra uno de los buses estacionados en la calle y le puso el revolver en la frente.

En lugar de asustarse, lo miró con odio, aprovechó las dudas que asomaron en los ojos de Ramón al verla tan furiosa, salió a correr y logró montarse en el bus que la debía sacar de allí.

El bus iba para Bucaramanga. Cuando le pasó la agitación de la huida, le contó al chofer la historia y a él, para ayudarla, solo se le ocurrió contactarla con otra casa de prostitución.

Es un trabajo, dice con la naturalidad que dan tantas décadas en las calles. Es como si necesitara buscar algo que no sabe bien qué es, o como si la inocencia que, después de sesenta años no termina de agotar, necesitara cada día nuevos aires para sobrevivir.

Ahora vive en Bucaramanga, la ciudad que finalmente la retuvo. Acompaña a los hijos y disfruta de los nietos y de algo de tranquilidad, pero confiesa que termina por aburrirse de no hacer nada, de no sentir el vértigo de la calle. De aquella habitación sale en la mañanas hacia el centro. Una vez allí, se compone un poco y se para en la puerta de un deteriorado hotelito. Sesenta años hacen costumbre y aunque el oficio es muy competido no pierde la esperanza de que cada día sea mejor que el anterior.

La otra noche fue a celebrar el cumpleaños de Claudia, una amiga del trabajo, a un viejo bar de Chapinero. No quería ir, pero Claudia la llamó y la convenció: Con las pocas monedas que tenía pagó el bus que la llevó a Chapinero y llegó al bar donde la esperaba Claudia.

Se saludaron, se abrazaron y se pusieron a tomar. Tomaron, se rieron, se contaron historias y hasta disfrutaron de la compañía de un par de amigos de Claudia que aparecieron por el lugar. Pero la noche se acabó, el licor se acabó y Claudia quedó dormida sobre la mesa. En ese mismo momento llegó la cuenta y los hombres se negaron a pagarla.

Ella miró a Claudia, explicó que era una invitada y que no tenía dinero. Pero los hombres, desde los ojos enrojecidos por el alcohol la miraron con rabia, empezaron a gritarla, a exigirle que pusiera su parte. Aguantó hasta que uno de ellos intentó golpearla.

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